Montañas y puñales

Cuesta encontrar un argumento sólido que justifique el desprecio tan crudo que pueden tener algunas personas hacia otras por el simple hecho de ser diferentes. Puede ser por raza, cultura, forma de opinar, de pensar, de vestir, incluso de amar. La cuestión es que casi siempre aparece aquella persona que juzga la vida de otros y esparce su veneno por cualquier lugar sin tener en cuenta las consecuencias que pueda tener.

Todo tiene un comienzo y el final que pueda tener depende de su evolución y desarrollo a medida que pasa el tiempo. Los rumores, el desprecio y el juicio comienzan por un simple comentario. Al principio ocurre entre dos personas o en un pequeño grupo, pero a medida que se va repitiendo y propagando entre la sociedad va tomando fuerza y cada vez puede ser más potente, más atroz, más hiriente. Una montaña que crece por minutos delante de una víctima que carece de los recursos necesarios para enfrentarla. Esa es la sensación que experimenta aquella persona que se topa con comentarios adversos, con rechazo y con el juicio por parte de otros por el hecho de ser diferentes en algún aspecto.

El combustible que intensifica la llama de este problema es la falta de empatía, sentimiento del que carecen muchas personas hoy en día porque viven con los ojos enganchados a una pantalla. Una pantalla que muchas veces llega a ser tóxica porque mantiene al individuo alejado de su alrededor y lo sumerge en un mundo paralelo donde es él el único protagonista. Un mundo digital y narcisista alejado de un mundo real que late constantemente.

Otro combustible es el miedo. El miedo a abrir un agujero más en la pared de una habitación oscura para poder ver con más claridad. Individuos encasillados en sí mismos y en sus micro universos, se encierran entre barrotes con los ojos vendados ante un mundo lleno de colores, olores, formas y sabores. Ese miedo patológico que provoca el rechazo de tantos y la aversión a todo lo nuevo, a todo cambio, a la diversidad.

Desprecio. Una epidemia más para erradicar. Discriminación. Un puñal más que envainar.

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