Un reloj de arena de un solo uso

Son las 2 de la madrugada. Estirada en mi cama, miro el techo pálido de mi habitación. Como si se tratase de un proyector, veo en él reflejado cada segundo vivido a tu lado. Se me hace difícil evitarlo. Como si fuesen fotogramas, se reproducen una y otra vez cada una de esas miradas, sonrisas, apretadas, caricias, palabras y ternura que nos dedicamos una y otra vez. Imposible describir la magia que se esconde en cada una de esas imágenes. La electricidad que desprendían nuestros abrazos, los primeros roces, los nervios que se nos acumulaban en el estómago, algún que otro temblor nervioso, el primer beso. Por no hablar de la suavidad con que me tomabas de la mano, la dulzura de cada uno de tus actos o la calidez de tu aliento cuando me susurrabas algo al oído. Esos momentos que me erizaban la piel y sentía la electricidad en cada centímetro de mi piel.

Cada momento destacaba por sí solo. Cada uno con una característica especial, una personalidad diferente. Cada uno de ellos con vida propia y cada uno esencial por algún motivo.

Ahora, sin ti, tengo la sensación de estar en un desierto monótono, poco acogedor y en el cual me encuentro sola. Dentro de mí noto un vacío. Una descripción muy típica y común, pero al mismo tiempo certera. No son muchas las palabras que me surgen a la cabeza cuando tengo que describir un sentimiento tan amargo como éste. Un trozo de mi interior ha desaparecido de forma repentina. Un hueco interior muy profundo y muy difícil de llenar.

No obstante, ese hueco tiene memoria y allí alberga todos y cada uno de esos recuerdos que te explicaba al principio. Allí están y seguirán. Cada vez que los recuerde me ayudaran a revivir cada uno de aquellos sentimientos que afloraron un día y, que sin darme cuenta, me convirtieron en la persona más afortunada del mundo.

Es en este momento cuando me doy cuenta que en un abrir y cerrar de ojos he perdido tu compañía. Teníamos un tiempo limitado, siempre nos repetíamos la importancia de valorarlo y sin casi ser conscientes de ello, se nos ha escapado de las manos. Como una burbuja de jabón redonda y perfecta, llena de colores, pero con pocos segundos de vida. Tenía un reloj de arena de un solo uso. Un reloj grande, lleno de granos de arena que iban cayendo poco a poco, pero de forma constante. Hoy ha caído el último grano y no podemos girar el reloj para empezar otra vez. Satisfecha de haberte tenido cerca y de haberte aprovechado cada segundo antes de tu partida. Aun así, sin tiempo y alimentándome de recuerdos, te siento.

Dime quien ama de verdad – Beret

Ojalá – Beret

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